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La endeble luz de la democracia

En septiembre pasado, durante el Festival de Literatura de Berlín, la conocida autora y activista india leyó el siguiente ensayo. Sus provocadoras reflexiones desataron una polémica cuyos ecos no se apagan y cuya pertinencia para democracias diferentes a la de su país amerita una juiciosa consideración.

La endeble luz de la democracia
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Jorge Vitón
Edición N° 103

N° 103

Noviembre de 2009[ ver índice ]

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En enero de 2008, en el primer aniversario del asesinato del periodista armenio Hrant Dink, fui invitada a dar una conferencia en Estambul. Dink fue asesinado a tiros en plena calle, delante de su oficina, por atreverse a tocar un tema prohibido en Turquía: el genocidio de más de un millón de armenios en 1915. Mi conferencia trataba sobre la historia del genocidio y la negación del genocidio y sobre la vieja relación, casi orgánica, entre “progreso” y genocidio.

Siempre me ha chocado el hecho de que el partido político responsable del genocidio armenio se llamara Comité de Unión y Progreso. Unión y progreso o, en el idioma de hoy, nacionalismo y desarrollo –esas dos torres gemelas inatacables de la moderna democracia de libre mercado–, tienen una larga historia común. Cuando los países europeos estaban “progresando”, “ilustrándose”, industrializándose y desarrollando formas limitadas pero nuevas de democracia y derechos civiles en casa, al mismo tiempo exterminaban a millones de personas en sus colonias. En la fase temprana del colonialismo se aceptaba masacrar abiertamente a los nativos en nombre de la civilización. Pero a medida que el discurso de los derechos civiles y la democracia se fortaleció y se hizo más complejo, apareció una nueva forma de doble moral, que dio lugar a un nuevo fenómeno: la negación del genocidio.
 
Ahora, cuando la política del genocidio converge con el mercado libre, el reconocimiento o negación oficiales del genocidio, o más recientemente, la elaboración de holocaustos y genocidios imaginarios es una empresa multinacional y raramente tiene que ver con hechos históricos o evidencias forenses. Por supuesto, la moral no pinta nada aquí; se trata de un regateo agresivo que corresponde más a la Organización Mundial del Comercio que a las Naciones Unidas. La moneda es la geopolítica, el mercado fluctuante de recursos naturales, esa cosa rara llamada comercio de futuros y la vieja economía y el poder militar corrientes.
 
En otras palabras, muchas veces se niegan los genocidios por las mismas razones que se llevan a juicio: determinismo económico adobado con discriminación racial/étnica/religiosa/nacional. Dicho crudamente, la caída o subida del precio del barril de petróleo o de una tonelada de uranio, la autorización para instalar una base militar o la apertura de la economía de un país puede ser un factor decisivo cuando los gobiernos deciden si un genocidio tuvo lugar o no. Como también si el genocidio tendrá lugar o no. Y, si tiene lugar, si habrá cobertura periodística o no, y si la hay, qué punto de vista tendrán los reportajes. Por ejemplo, la muerte de dos millones de personas en el Congo ocurre prácticamente sin noticias. ¿Por qué? ¿Y la muerte de un millón de iraquíes bajo el régimen anterior a la invasión norteamericana en 2003 fue genocidio (como lo llamó Denis Halliday, coordinador de la ayuda humanitaria de la ONU en Irak) o “valió la pena” (como afirmó Madeleine Albright, embajadora de Estados Unidos ante la ONU)? Si fue genocidio o no depende de quién hace las reglas. ¿El presidente de Estados Unidos? ¿O una madre iraquí que perdió a su hijo?
 
La historia del genocidio nos muestra que este fenómeno no es una aberración, una anomalía, un fallo en el sistema humano, sino un hábito tan viejo como persistente, tan parte de la condición humana como el amor, el arte y la agricultura. La mayoría de los genocidios perpetrados a partir del siglo xv han sido parte integral de la búsqueda en Europa de aquello que el geógrafo y zoólogo alemán Friedrich Ratzel llamó Lebensraum, espacio vital. Este término describe lo que él calificó como un impulso natural de la especie humana dominante de expandir su territorio, no en busca de espacio, sino de sustento. Ratzel acuñó este término en 1901, pero Europa ya había comenzado su búsqueda de Lebensraum cuatrocientos años atrás, cuando Colón desembarcó en América.
 
Sven Lindqvist, autor de Exterminad a todos los salvajes, sostiene que fue la búsqueda de Lebensraum de Hitler –en un mundo que ya estaba repartido entre las otras potencias europeas– lo que llevó a los nazis a expandirse por Europa Oriental hacia Rusia. Los judíos de Europa oriental y de Rusia occidental representaban un obstáculo para las ambiciones coloniales de Hitler. Por lo tanto, al igual que los pueblos nativos de África, América y Asia, tenían que ser esclavizados o liquidados. Así, según Lindqvist, la deshumanización de los judíos por los nazis no puede catalogarse como un paroxismo de maldad lunática, sino que, cabe repetir, es un producto de la conocida mezcla de determinismo económico bien adobado con un racismo ancestral muy acorde con la tradición europea de la época.
 
Armados con esta lectura de la historia, ¿es razonable inquietarse sobre si un país como la India, que se balancea en el umbral del “progreso”, también se balancea en el umbral del genocidio? ¿Puede ser que la India, tan celebrada en todo el mundo como un milagro de progreso y democracia, se encuentre realmente en un proceso de autocolonización y a punto de cometer un genocidio? La mera insinuación ha de sonar estrambótica y el uso de la palabra genocidio seguramente es todavía injustificado. Sin embargo, si echamos una mirada al futuro y si los zares del desarrollo creen en su propia publicidad, si creen que no hay alternativa al modelo de progreso que eligieron, inevitablemente tendrán que matar, y matar a gran escala, para poder salirse con la suya.
 
Si miramos un mapa de los bosques de la India, sus yacimientos minerales, y la tierra natal de los adivasi, veremos que coinciden, que los que llamamos pobres son en realidad ricos. Mientras que la economía globalizada arrecia su dominio sobre nuestras vidas y nuestra imaginación, sus beneficiarios se han unido y se han escindido al espacio sideral. Desde allá arriba miran los bosques y valles donde vive la gente pobre y ven gente superflua sentada sobre recursos preciosos. Perplejos, se preguntan: ¿Qué hace nuestra agua en sus ríos? ¿Qué hace nuestra bauxita en sus montañas? ¿Qué hace nuestro mineral de hierro en sus bosques? Los nazis tenían un término para esta gente sobrante: überzählige Esser, comedores superfluos.
 
“La lucha por el espacio vital”, dijo Friedrich Ratzel después de analizar detenidamente la lucha entre los indios de América del Norte y sus colonizadores europeos, “es una lucha de exterminio”. Exterminio no significa necesariamente la aniquilación física de personas a golpes, con fuego, bayonetas, gas, bombas o balas (excepto a veces, particularmente cuando tratan de oponer resistencia, porque entonces se convierten en “terroristas”). Históricamente la forma más eficiente de genocidio ha sido expulsar a las personas de sus casas, hacinarlas y bloquearles el acceso a alimentos y agua. Bajo estas condiciones, mueren sin violencia obvia y frecuentemente en mayor número. Así fue como el general alemán Adolf Lebrecht von Trotha exterminó a los herero en el suroeste del África alemana en octubre de 1904. “Los nazis les pusieron una estrella amarilla a los judíos en los abrigos y los hacinaron en ‘reservas’ ”, escribe Sven Lindqvist, “como fueron hacinados los indios, los herero, los bosquimanos, los amandebele y todos los otros hijos de las estrellas. Ellos murieron de hambre en las reservas cuando les cortaron el suministro de alimentos”. Como dice Amartya Sen, en una democracia es poco probable que padezcamos hambruna. Así, en lugar de la gran hambruna de China, tenemos la gran malnutrición de India (con 57 millones de niños desnutridos, más de un tercio de la cifra mundial).
 
En Dantewara, en el distrito de Chhattisgarh, donde se localiza uno de los mejores minerales de hierro del mundo, 644 pueblos han sido evacuados; 50.000 personas han sido desplazadas a campos deplorables bajo vigilancia policial, los jóvenes entre ellos han sido armados y entrenados para la cruel milicia civil llamada Salwa Judum y las restantes 300.000 personas están fuera del alcance de los radares del gobierno, nadie sabe realmente dónde están ni cómo sobreviven. La policía los ha marcado en los campos como maoístas o simpatizantes de los maoístas, lo que los hace blanco legítimo de las famosas muertes en “enfrentamientos”. Las fuerzas de seguridad están tomando posiciones, esperando a que cesen las lluvias.
 
Pero cada vez que las noticias llegan de a poco, parece claro que ya ha empezado la matanza y la muerte y, por supuesto, la violación de mujeres, un aspecto inevitable de la militarización.
 
¿Cómo se ha llegado a esto?

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