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El bueno, el malo y el multiplex

¿Existe alguna razón para que las películas taquilleras tengan que ser estúpidas? De Pearl Harbor a El origen, un afilado crítico cuestiona a fondo el estereotipo.

El bueno, el malo y el multiplex
Traductor
Andrea Garcés
Edición N° 124

N° 124

Octubre de 2011[ ver índice ]

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He aquí tres verdades absolutas:

1) La tierra es redonda.
2) Todos nos vamos a morir.
3) A nadie le gustó Piratas del Caribe: en el fin del mundo.

Sé muy bien que muchísimas personas pagaron por ver PDC 3, y es posible que algunas de ellas afirmen que la disfrutaron. Sin embargo, no lo hicieron; simplemente creen que fue así. Una parte importante de mi trabajo como crítico de cine es explicarles a las personas por qué no les gustó una película así crean lo contrario. En el caso de pdc 3 la explicación es muy sencilla.

Se llama “expectativas limitadas”.

Déjenme darles un ejemplo.

Cuando estudiaba en Manchester vivía en Hulme, un enorme complejo residencial subsidiado. La zona estaba erizada de edificios de concreto prefabricados y había sido declarada no apta para acoger familias a mediados de los setenta, después de lo cual había caído en una sordidez curiosamente bohemia. Cuando llegué a vivir allá, a principios de los ochenta, el lugar estaba lleno de estudiantes que lo amaban porque el alquiler era increíblemente bajo y de todas formas nadie lo pagaba (el Estado no podía expulsarte por falta de pago pues eso te dejaría en la calle y aquel era precisamente el sitio adonde enviaban a las personas sin vivienda, una vez las habían expulsado de todas partes).

La arquitectura de Hulme era una extraña mezcla de futurismo de ciencia ficción de los sesenta y uniformidad lóbrega al estilo de Europa del este, el tipo de lugar con el que J. G. Ballard tenía pesadillas. El escenario era sombríamente cinematográfico, tanto que el fotógrafo Kevin Cummins lo usó como fondo en sus icónicas fotografías de Joy Division, la banda más miserable y existencialista de los setenta. Cada noche, el sol caía mientras se encendían las luces alrededor de la cervecería McEwan, fuente de bocanadas de vapores tóxicos que invadían todo el distrito bastardo; parecía más una escena de Blade Runner que el paisaje de una exitosa ciudad del norte de Inglaterra. Cada tanto, pandillas de jóvenes de cabello desordenado, que parecían escapados del set de Mad Max 2, cruzaban el puente de la autopista Mancunian empujando religiosamente carros de mercado llenos de tesoros sin valor, seguidos por miles de perros famélicos al acecho de cualquier migaja. De vez en cuando, un extraño camión de helados recorría sigilosamente el solitario camino de un horrible bloque a otro con sus bocinas dañadas, prendidas al volumen máximo, creando un ruido infernal que parecía algo entre una canción de cuna y un estertor. Hasta donde sabíamos, vendía drogas. Lo llamábamos “el camión de helado del Apocalipsis”.

Tanto los robos como los ataques de perros salvajes eran bastante frecuentes en Hulme. Recién me mudé a Otterburn Close, mi apartamento del tercer piso tenía una puerta patéticamente inútil hecha de “vidrio de seguridad” endeble y madera podrida en una proporción de 10 a 1. La primera vez que me robaron, la puerta quedó tan rota que el Estado fue incapaz de arreglarla y la reemplazó por una “puerta de seguridad” de última generación. A diferencia de sus predecesoras, estas nuevas puertas estaban hechas casi por completo de madera y tenían tres ventanillas pequeñas que permitían mirar desde adentro sin permitir entrar a la gente. La idea era tan maravillosa que todos querían una y el Estado simplemente no podía con la demanda.

La siguiente vez que me robaron, también se llevaron la puerta.

Así era la vida en Hulme.

Un día, un funcionario se apareció en la casa de mi amigo Phil, quien accidentalmente había aceptado ser parte de algún tipo de encuesta. Todo lo que tenía que hacer era contestar unas pocas preguntas acerca del estado de su apartamento y de su experiencia viviendo en Hulme.

–¿Cómo está el apartamento? ¿Todo bien? –preguntó el hombre del sujetapapeles.

–Oh, sí, todo está bien. Muy bien, de hecho –respondió Phil.

–¿No hay ninguna queja entonces?

–No, ninguna.

–¿Ninguna?

–No, en serio, todo está bien.

–Veo –dijo el funcionario aparentemente poco convencido–. ¿Entonces todos los servicios del apartamento están funcionando como debe ser?

–Pues el calentador no funciona –respondió Phil.

–Ah, veo. ¿Hace cuánto no funciona?

–No sabría, no funcionaba cuando llegué –dijo Phil.

–¿Y hace cuánto fue eso?

–Más o menos tres años.

–¿Tres años?

–Sí. Más o menos.

–¿Entonces no ha funcionado en tres años?

–No, pero nos las arreglamos, usted sabe cómo es la cosa.

–Bueno, nunca han conectado el citófono, entonces técnicamente “no funciona”. Pero no es que esté dañado, simplemente no está. Y el baño de abajo está dañado. Pero solo es el de abajo, entonces... Y el lavaplatos gotea, entonces usamos un bol, lo cual está bien. Y ahora que lo pienso, en el armario del calentador el asbesto ha comenzado a aglomerarse y a dejar escamas, lo cual probablemente es peligroso. Pero en todo caso no es un problema porque rara vez abrimos la puerta del armario del calentador.

–¿Porque el calentador no funciona?

–No, por las cucarachas.

–Veo –dijo el funcionario apoyando el sujetapapeles sobre sus piernas–. Me temo que hemos visto esto muchas veces. Se llama “expectativas limitadas”.

Todo esto es una forma indirecta de decir que la gente que cree haber disfrutado PDC 3 simplemente sufre del equivalente cinematográfico de la privación prolongada de lo más básico para una existencia civilizada. Son los asistentes a los multiplex que se han acostumbrado a vivir en el frío extremo de la cultura, cuyos cerebros han sido perjudicados por el venenoso asbesto del celuloide y cuyas expectativas respecto al entretenimiento popular se han erosionado por culpa de plagas de insectos y una plomería defectuosa.

Son las audiencias del Apocalipsis.

¿Cómo llegaron hasta ahí? La respuesta corta es: Michael Bay. La respuesta larga es: Michael Bay, las agallas de Kevin Costner, Cleopatra en video y la incapacidad de las películas taquilleras de hoy en día para perder dinero a largo plazo, tomando en cuenta que tienen estrellas de las cuales alardear, despilfarran en espectáculo y cuentan con el estatus de “eventos”. Ah, sí, tampoco intentan ser divertidas...

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