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Un crítico en defensa de los críticos realmente críticos

Opinar de manera descarnada sobre el trabajo ajeno nunca ha sido una actividad muy bien recibida. Pero es indispensable, no solo si queremos una mejor literatura sino (sobre todo) un mundo menos complaciente. 

Un crítico
Ilustrador
Bea Crespo
Traductor
Juan Gabriel Vásquez
Edición N° 134

N° 134

Septiembre de 2012[ ver índice ]

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Sin embargo, y aun a riesgo de tenderle una emboscada por algo que dijo hace más de una década, la mayor parte de mí deplora ese discurso. Lo que hace Eggers es alegar, en tonos exaltantes, a favor de un suicidio intelectual colectivo. Cuando una obra de arte le haga pensar o sentir algo, sugiere Eggers, lo mejor es que se lo guarde. Eggers propone una nación de zombis donde el ingenio y el debate mueran poco a poco. Un lugar donde ninguna persona pensante mayor de siete años querría pasar una tarde. Aunque todos, para ver el lado positivo, irían a comprarse un helado. 

La triste verdad sobre el mundo de los libros es que no necesita más novelistas que digan que sí, ni menos aún más críticos que digan que sí. Nos estamos ahogando en ellos. Lo que necesitamos, ahora que las secciones literarias de los periódicos se están encogiendo y desapareciendo como glaciares, son críticos con autoridad y capacidad de castigo: lo bastante perspicaces para señalar las voces que deben alcanzar elogios legítimos; lo bastante insultantes para recordarnos que no todo el mundo recibe, ni tampoco merece, una estrella dorada.

En Ardent Spirits, su libro de memorias de 2009, el novelista Reynolds Price, muerto el año pasado, comentaba brevemente el triste estado de las secciones literarias en los periódicos. En los años cincuenta, a comienzos de su carrera, una primera novela en Estados Unidos recibía cerca de noventa reseñas individuales; ahora una novela decente tendrá suerte si recibe veinte. La mayoría serán amables chorros de tinta que no hacen más que una descripción de la trama coronada, como una rodaja de limón en una Coca-Cola Light, con aquella espantosa palabra, útil para escurrirse de cualquier problema: “apasionante”.

Pero si he desarrollado un duro caparazón en mi vida profesional, lejos de mi portátil soy tan sensible como cualquiera. Tal vez más. Rumio cada desaire. Poseo una colección de grandes éxitos de las heridas que mi psiquis ha recibido por algún comentario cortante. Puedo evocarlos con un clic de la mente, como videos de YouTube.

A nadie le gusta que lo critiquen. El sonido de una crítica hace daño al oído; puede parecernos que las críticas amenazan nuestro estatus, en el trabajo y en casa. John Adams lo dijo maravillosamente: “El deseo de estima es una necesidad natural tan real como el hambre, y la desatención o el desprecio del mundo son un dolor tan severo como la gota o los cálculos”. Si usted ha sufrido de gota alguna vez, notará la agudeza de esa observación.

Me paso todo el tiempo pensando en crítica literaria o cultural. Pero a veces, cuando estoy discutiendo sin cuartel con mi mujer, o cuando se me va la mano en severidad con mis hijos –¿quién dijo que todos los padres son republicanos mientras que todas las madres son demócratas?–, o cuando estoy, ante mis editores, del lado de quien recibe la crítica, pienso que no sé nada de las palabras ni de su poder para herir o para informar.

¿Qué es la crítica? Karl Marx lo sabía bastante bien. Un día perfecto en un mundo perfecto, escribió, sería aquel en que el feliz ciudadano “cazara en la mañana, pescara después del mediodía, criara su ganado al atardecer” y finalmente “criticara después de la cena”, quizás con una botella de vino en la mesa.

Marx comprendió que la crítica no significa lanzar desaires mezquinos y malhumorados al estilo Simon Cowell. No necesariamente significa cubrir a alguien de ridículo. Significa hablar de ideas, de la estética y de la moral como si estas cosas importaran (e importan). En el fondo, la crítica es un acto de amor. Nuestras facultades críticas son lo que nos hace humanos.

Hay muchas maneras de reaccionar cuando a uno le tocan palabras duras. Las revistas y los libros de autoayuda están llenos de consejos sobre cómo mantener la sonrisa y guardarse la defensa para después. O cómo hay que darse 48 horas de enfurruñamiento. O cómo no hay que tomarla contra el mensajero. O cómo, en las palabras de la canción de Jerome Kern y Dorothy Fields, hay que levantarse del suelo y sacudirse el polvo.

Edna St. Vincent Millay daba a los escritores un sabio consejo que sigue siendo sabio décadas después. “Quien publica un libro se presenta voluntariamente ante el pueblo con los pantalones abajo”, dijo. “Si el libro es bueno, nada puede herirlo. Si el libro es malo, nada puede ayudarle”. En otras palabras, lo que decía es: “Cree en ti mismo”. Es un mensaje que todos necesitamos.

Son tiempos interesantes para ser crítico. Ya no quedamos muchos, y recibimos presiones de todas partes justo cuando nuevos medios como Twitter y Yelp se han vuelto todos opinión, todo el tiempo. Pero en su incesante cotorreo digitalizado hay poco que pueda llamarse verdadera crítica.

Soy fan de Twitter y me encanta la comparación, entre graciosa y malvada, que hace Jonah Peretti: “Twitter es un servicio simple usado por personas inteligentes. Facebook es un servicio inteligente usado por personas simples”. Pero Twitter es un medio que quita los colmillos a sus usuarios. Allí, una palabra negativa tiene el mismo efecto que un murciélago en el shower de una novia.

En un inteligente artículo que lleva por título “Contra el entusiasmo”, publicado en Slate a comienzos de agosto, Jacob Silverman señaló la manera en que Twitter, al menos para los escritores, se ha convertido en una “sociedad de admiración mutua” y por lo tanto en un grave peligro para la cultura literaria.

“Si uno pasa tiempo en Twitter o en la blogosfera”, escribió Silverman, “se verá realmente acosado por la amabilidad, por un entusiasmo sin tregua que lo convencerá de que todo libro nuevo es maravilloso y todo escritor es el mayor admirador de los demás escritores”.

Esto no es solo superficial, añadió, sino también falso. Y la constante fraternización fingida ha hecho que la opinión genuina y honesta nos parezca más dura de lo debido, como una reacción aguafiestas de los dioses. “Un reseñista no debería ser una máquina de recomendar”, añadió Silverman, “y sin embargo nos hemos resignado a ese papel, debido en parte a que lo alienta el aprensivo comunitarismo de Twitter”.

¡Bravo, joven Silverman! (Por favor, retuitéenlo.)

Hasta que encuentren ustedes el valor para decir lo que piensan y defender su opinión, jóvenes críticos y tuiteros amables, siempre les quedará el consejo que el crítico George Seldes dio en el título de su libro de memorias de 1953: “Di la verdad, y corre”.
 

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