¿Está encendida la grabadora? Una de cada dos veces me pasa que está apagada.
–Señor Lapierre, una de cada dos veces me pasa que el entrevistado me pregunta eso.
Uno de los tanques que recorrió los Campos Elíseos como parte del desfile nacional del 14 de julio de 1954 llevaba pintadas las palabras General Leclerc en honor del comandante de la división mecanizada que diez años atrás había liberado la capital francesa. Todos los tripulantes del tanque admiraban, por supuesto, a Leclerc; uno de ellos, además, llegaría a conocer en persona a De Gaulle. Se llamaba Dominique Lapierre, tenía 23 años y acababa de publicar Luna de miel alrededor de la Tierra, una serie de relatos entrelazados a partir de las crónicas, borradores y fotografías que había hecho durante su viaje de bodas.
La compañera en aquel viaje se llamaba también Dominique. Aún tienen que llamarse Dominique 1 y Dominique 2, y raramente viajan sin estar juntos. Dominique 2 es quien ayuda a Dominique 1, monsieurLapierre, a organizar su agenda. No le dejan mucho tiempo los viajes entre las ciudades de la India donde funcionan sus proyectos humanitarios y la casa en Ramatuelle, al sur de Francia, que ha sido la residencia oficial de los Lapierre hace cuatro décadas, así como el apartamento de París donde pasan algunas semanas cada año. Aun así, Lapierre sigue realizando trabajos periodísticos de largo aliento; el último de ellos, Un arco iris en la noche, fue publicado en Francia en mayo pasado.
Cada vez que Dominique 1 contesta el teléfono habla tan rápido como puede, para aclarar cortésmente que está de prisa. Incluso, que siempre está de prisa. Pero siempre contesta el teléfono antes del tercer timbre. “Se me ocurre pensar que la persona del otro lado de la línea también está ocupada” dice Lapierre, que se recupera de un resfrío envuelto en una bata de paño enorme y tomando el té hindú que le sirve Dominique 2. Ella conserva el aire de alguien que a los veinte años le dio su primera vuelta al mundo y no ha dejado de hacerlo. A pesar de las pilas de libretas de apuntes y el desorden de una biblioteca que ocupa toda una pared lateral del apartamento, el mobiliario en madera y la luz más bien tenue que sale de varias lámparas hacen pensar en un hotel con vocación de refugio intelectual. Uno diría que a los Lapierre no les bastaría menos que eso pero no es así, y todavía cuando viajan a la India suelen quedarse en casa de los habitantes de los slums, los barrios abandonados y luego invadidos por desplazados, en los que vive buena parte de la población de Calcuta.
“Al principio viajar era la ruleta rusa”, dice. “En mis primeros años en el Paris Match siempre salía sin saber si habría una historia o no, dormía donde fuera esperando algo que podía o no pasar o a un personaje con el que quería hablar. Tenía que dejar pasar los trenes, hacer autostop o dormir en un auto para tratar de no perder la noticia. Con el tiempo, y estoy hablando de unos quince años de trabajo, las regalías de nuestros libros nos permitieron financiar las investigaciones, pero para estar cerca de quienes nos daban los testimonios siempre hemos tenido que vivir con ellos”.
Lapierre es recurrente en los proverbios que aprendió en la India. “Tras las nubes de tormenta siempre hay mil soles”, dice. O “Todo lo que no se da, se pierde”. También es recurrente en el plural. Cuando habla de “nuestros libros”, se refiere a los que escribió junto a Larry Collins, a quien conoció cuando los dos trabajaban en el SHAPE, el cuartel general de las fuerzas aliadas en Europa. Lapierre era intérprete, Collins estaba en el servicio de prensa.
“El día que lo conocí, Collins se había parado al lado de la máquina de café y hacía bromas en inglés a los que se acercaban para hacer una pausa. Ese diciembre lo invitamos a pasar las vacaciones en casa de la familia de mi esposa y antes de un año le estaba pidiendo que fuera el padrino de mi hija”.
Iban a pasar casi diez años antes de que los dos tipos que se encontraron frente a la máquina de café se hicieran famosos con el libro donde contarían la batalla por la liberación de París. Durante ese tiempo, Lapierre se convirtió en el reportero estrella de Paris Match; entrevistó en varias ocasiones a Caryl Chessman, que esperaba su ejecución en San Quintín; cubrió los viajes de Charles de Gaulle al extranjero y la emigración de los primeros franceses que huyeron de Argelia ante la inminente independencia del país; logró en un bar de Brasil la única entrevista que dio el capitán Henrique Galvao, que había secuestrado un barco para protestar contra la dictadura en Portugal; cubrió el combate de Raphael Matta por los elefantes de Costa de Marfil, y compró la casa en Ramatuelle.
“Collins se ocupaba de temas similares para Newsweek y muchas veces estábamos en competencia, tratábamos de robarnos la exclusiva y nos poníamos trampas para poder adelantarnos al otro. En medio de esa competencia, que arreglábamos tomando cerveza o viajando en auto con nuestras familias, comenzamos a pensar en un tema que pudiéramos trabajar juntos, algo que fuera de interés para los lectores en Francia y Estados Unidos”.
En el apartamento parisino de los Lapierre hay varias ediciones viejas de Paris Match, que junto a libros de historia de 800 páginas cubren las mesas de un salón con vista hacia una calle por la que apenas de vez en cuando pasa un automóvil. Lapierre es capaz de recordar decenas de datos precisos y anécdotas ocurridas a los protagonistas de un hecho histórico, y esa memoria lo obliga a recurrir a sus archivos para decidir a cuáles se referirá en un programa de televisión que le ha pedido asesoría sobre el tema alrededor del cual trabajó junto a Collins por primera vez y del que es considerado una de las mayores autoridades en Francia: la batalla por la Liberación de París.
¿Cómo se pusieron de acuerdo en que la Liberación de París sería el tema en el que iban a trabajar?
Habíamos hablado de muchos posibles temas, pero la Liberación nos llamaba especialmente la atención porque en muy pocas ocasiones en la historia del mundo, y en ninguna en la historia contemporánea, una batalla de tan corta duración había dejado una huella tan profunda en los años siguientes. Nos acabamos de convencer en 1962 cuando encontramos un pequeño artículo en Le Figaro donde se mencionaba que, según algunas fuentes que habían estado investigando los archivos militares alemanes, unos meses antes del final de la guerra Hitler había dado en repetidas ocasiones la orden de destruir París. Eso creaba la incógnita de por qué sus órdenes no habían sido obedecidas, y aunque no se hablaba en el artículo de las posibles razones, convertía la historia de la liberación en la historia de un milagro, que además era un milagro francoamericano, porque París había sido liberada en parte por los americanos y en parte por los franceses. Así supimos que teníamos la historia ideal.
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